Esto de la web 2.0 y todas sus redes sociales me siguen intimidando un poco. Por más que piense que Dios y la internet son amigos, o bueno, más que pensarlo, intento fallidamente de autoconvencerme con esa idea, facebook, myspace, y todos esos sitios, me siguen pareciendo artilugios del mismísimo Lucero. Pero bueno, abrí mi cuenta en facebook, y tímidamente mantengo cierta actividad: a veces respondo, a veces comparto, y a veces, o la mayoría de las veces, sólo estoy.
Si lo miro desde adentro, facebook no es del todo malo. No me niego ajeno a mantener otro vínculo con gente que verdaderamente estimo, que son parte de mi realidad más cercana, y con la cual me gusta conservar un contacto vivo, real, más allá de lo que lo permita. Sólo en este caso, facebook es un condimiento de la vida real -tus amigos de facebook no son tus verdaderos amigos-, como lo ha sido hasta ahora muy similarmente y quizá menos pretenciosos, el email, los messenger, etc.
Si lo miro desde un poco más afuera, coño, facebook hace que me sienta como una mascota virtual de mi mismo. Y no es que yo me dé ese trato ni mucho menos, pero sin embargo, la identidad y el fin de ciertas o muchas de las aplicaciones de facebook, existen con el único fin de hacer más atractivo, interesante e interactivo el site, y para ello, nada mejor que agudizar la vanidad de cada quien. Lucifer era vanidoso. Dios castiga la vanidad. Tales aplicaciones son bisutería para el adorno. Sí, éso son. Son add-ons –para decirlo en la jerga correcta- que contribuyen a optimizar la vida de nosotros, nuestros propios tamagotchi, ante los ojos de los otros tamagotchi que a su vez son las mascotas de ellos mismos.
Ya ahí la cosa toma otro color, un aspecto más tenebroso en el que el rebaño ovejero de facebook se parece tanto a las ovejas electrónicas de Philip Dick; reencarnaciones sintetizadas digitalmente de su célebre distopía, y que habitan en los discos duros de los servidores que nos dan vida virtual las 24 horas del maldito día.
Ahora bien, sería arrechamente incoherente y contra mi propia naturaleza negarme a ser parte de otra distopía. Así que, puedo ser mi mascota, llenarme de bondage, y ser parte de la trivia mundial de quién ganará la champions este año. Este precio todavía lo pago.
Pero si lo miro desde mucho más afuera, desde los espacios más lejanos de la aplicación, lo que sí me aterra de facebook es que fácilmente abre la brecha que permite esa trasgresión del tiempo, por donde se pueden filtrar los peores hedores de un pasado que vale la pena mantener a mucha de su gente en una jaula, y que para colmo, es además el gran atractivo de facebook. Eso que se disimula en un: “encontrar gente que tenía siglos sin saber de ella”. Si tenemos siglos sin ver a todas esas personas que en algún momento estuvieron alrededor de nosotros, por algo será ¿o no? Entonces, por qué esas morbosas ganas de alterar el ciclo natural de las cosas y andar reviviendo cadáveres que sólo valen si están muertos en la más lejana distancia del olvido selectivo. Lo contrario es anormal. Sí, claro que habrán algunos que otros que coño, depinga si aparecen, aunque ya estoy acostumbrado a lo contrario, a contar distinto que hace diez años. Entonces ¿Por qué apelmazar de repente a todo ese pasado, a toda esa gente, aplastarla entre los rodillos de la aplanadora de carnes que es el presente actual? Cuál es el miedo al recuerdo, a la imagen lejana, idealizada si se quiere que nos va quedando de el antes. Yo no lo veo, yo no veo cuál puede ser el problema que engendra ese temor. Yo por mi parte adoro responder a ciertas preguntas incómodas con “pues no, no supe más, ni idea de qué será su vida”. Y es que sinceramente, qué importancia puede tener saberlo.
Con facebook podemos perder irremediablemente la privacidad que el tiempo y la distancia nos permiten. Podemos perder además la conciencia de no volver a saber de alguien. Y yo me niego a éso. Además que es anormal ser el amigo de 300 personas.
Tus amigos de facebook no son tus verdaderos amigos.