La gente es gente y ya, esa es la excusa, pero a mí, coño, no me gusta, ni me gustará Valencia.
Hay vainas que yo definitivamente no podría hacer, y no me vengan a joder con eso de que “nunca hay que decir, de esta agua no beberé”. Es en serio, no me vayan a decir eso, porque me arrecho. Yo no bebo del agua cuando sé que está meada, cagada o contaminada, o cuando simplemente no tengo sed. Por eso, jamás podría ser músico en una banda musical de bodas. Sinceramente para mí ese es el subsuelo de la vida como músico, el rodapiés, por decirlo de una forma más justa.
Debe ser insoportable, tener que tocar al menos viernes-sábado-y-domingo si es que estás en un grupo con prestigio, y mirar cómo la vida se te va en una especie de Día de la marmota semanal. La “gente” en las bodas se comporta siempre igual, responde a un paradigma autosuficiente que impone arbitrariamente las reglas de cómo debe transcurrir la noche. Esto a nadie parece molestarle, la “gente” simplemente reacciona positivamente a la imposición. Y, Aunque hayan cambios, la maldita hora loca es impelable, ergo, el músico generalmente verá a la misma gente hacer lo mismo, hasta el cansancio.
En fin, estuve en valencia, se me nota, aún tengo ese malestar que me causa ese conglomerado de concreto que sólo crece en centros comerciales. Pero fui por un muerto, no por una boda. Igualmente, veo que todo sigue sumido en la misma decadencia, admito que ahora como que va peor. Lo que sí noté es que el pujante negocio de las peluquerías cada vez ocupa más espacios de la “ciudad”. Eso debe estar relacionado directamente con que en Valencia se casa mucha gente, también se divorcia mucha gente. Se cacen o se divorcien, es mucha la gente que va a las peluquerías y, muchas de éstas abundan en los centros comerciales, que al parecer es la solución a todos los problemas de la ciudad.
La gente es gente y ya, esa es la excusa, pero a mí, coño, no me gusta, ni me gustará Valencia.
