Silbando.
Yo me había subido unas cuadras antes y venía pensando cosas inverosímiles. Cosas como hoy es miércoles. No, no es miércoles. ¿Y si lo fuera?. Pero no lo es, además, no importa mucho que día es me decía. Entre pensamientos y mirar por la ventan iba haciendo el camino. Hacía un calor como de 30 ºC, o más. Iba dentro de una lata de color beige que no olía muy bien, y le sonaba uno de los cauchos al dar una curva. En una de las tantas paradas, subió un tipo raro, con la cara un poco extraviada. Llevaba una camisa Hawaiana, prenda que usada acá entre tanta montaña, es como andar de ruana por Honolulu. El tipo era más andino que la arepa de trigo con queso ahumado. Se sentó en el puesto que quedaba justo detrás de mí. Pero sentarse y comenzar a silbar, fue casi lo mismo. Se sentó y comenzó con algo inteligible. Después vino cachita, creo, luego, otras de Nat King Cole, no estoy completamente seguro, pero los silbidos me hacían recordar a este negro decolorado que a según cantaba jazz. Pasaron unas 4 o 5 cuadras y seguía silbando. Ni más duro, ni más bajo. Seguía con el mismo volumen y las mismas notas relativas. Relativas, porque eran aproximadas, casi daban en el tono, casi llegaban. Abordó el microbus un poco antes de la plaza Milla, y aún, por el Tulio Febres seguía silbando. De pronto hacía un ruido que imitaba a un Cordero, ruido muy apropiado para el lugar, claro está. Del cordero pasó al pianomerengue subiéndole creo que a do o, a re o, a do, total no importaba la nota, a él le daba lo mismo. El hombre era una máquina. No paraba. Primero intenté obviarlo y pensar con más volumen, pero nada. Él sonaba más fuerte que cualquier resonancia de mi caja craneal. Después me puse a tratar de identificar que canción era la que silbaba. Acerté muchas, pero no todas. Habían pasado como 7 cuadras y ya no me importaba tanto que era lo que silbaba, me importaba era saber como podía durar tanto y sin interrumpir sus melodías. Más cuadras, y seguía silbando. Ya no me era molesto. Ahora, más bien sentía que el hombre de la camisa simpática era un prodigio, y que no estaba silbando. En realidad había aprendido (o aún estaba aprendiendo) a hacer melodías con su respiración. Unas dos cuadras después, se paró, tocó el timbre de la parada, pagó con un ticket estudiantil y bajó. Era un prodigio, pero también era un embustero. Estudiante no era. Siguió silbando, se perdió entre las cadenas de un estacionamiento, pero de él no dejaron de salir sonidos. Yo me bajé un poco después. Atravesé el Bulevar de odontología, caminé cuadras abajo y desaparecí.
