El sol de los venados
Aquí los amaneceres son tardíos y los atardeceres son un parto prematuro. A eso de las siete de la mañana aún es de noche, y a eso de las cuatro de la tarde, las nubes y las montañas comienzan a devorar el cielo, escupiendo sobre él un digestivo gris tenue que al rato hace metamorfosis en un azul #7097D6. De allí en adelante, sólo queda esperar a la oscuridad en su tránsito, que siempre llega sin estrellas y, a veces, hasta sin luna. Pero ésto es fácil de entender, y con mirar un poco para arriba, se entiende.
Por un lado hay un poco más de cuatro mil metros de montaña, por el otro, digamos que algo más de tres mil. No lo sé con exactitud, pero, por cualquiera de los lados por donde tenga que salir el sol en la ciudad, la escalera al cielo es un poco más larga. Así que el tiempo abruma en la subida y desaparece pronto en la bajada. Cuesta amanecer, pero poco le cuesta al sol apagar sus últimas luces de la tarde.
A mí me gusta mirar al cielo en mi tránsito. En eso soy todo un primitivo que busca respuestas, no me importa que en el camino, a veces, choque con la gente, o ésta choque conmigo, o me tropiece con las unturas de la acera. Con los postes no me gusta chocar, pero me los he llevado por delante. Todo sea por mirar el amarillo del sol. Desde siempre me ha gustado mirar para arriba, donde no existe el espejismo de un horizonte arisco que se mueve cada vez que me le acerco. Y quizá por tanto mirar al cielo es que nunca me ha cagado un pájaro, no estoy seguro. Pero gracias a mirar el cielo, he logrado ver el instante exacto en el que las primeras gotas de la lluvia, caen como ráfaga de cristales húmedos sobre nosotros. De eso sí estoy seguro y les digo, es impresionante.
También estoy seguro y, aunque me cuesta creerlo todavía, de que existe en el cielo otro cielo que se llama “el sol de los venados”. Es un cielo calidoscópico y púrpura que, a veces, en muy contados momentos de la existencia, se deja ver tendido sobre nosotros. Yo en los casi tres años que llevo viviendo aquí he visto dos, o tres. Y he visto también que las espesas nubes se han tragado cielos como este y no lo dejan ver. Ellas, se cubren de un raro rosado, que les hace parecer al rato, un algodón de azúcar, como el que venden en una feria. En esos instantes, cabe perfectamente decir siempre en tono derrotista: … Allí, detrás de las nubes rosadas, está ocurriendo uno de los fenómenos meteorológicos más impresionantes y hermosos que hay. Se llama el sol de los venados. No importa que las nubes traten de esconderlo, ellas mismas se contagian de tanto color y hasta se ven diferente.
Ya hablé de lo que quería y anuncio que después del punto y aparte de este párrafo, pondré una foto tomada desde la perspectiva de un avión, donde se puede ver cielo, nube, montaña y color en toda una magnitud llamada Sol de los Venados. También antes de ese punto y final, les diré indirectamente que existe una explicación científica para este fenómeno. Yo personalmente prefiero no conocerla, prefiero pensar que el sol de los venados es parte de todo lo que no llegamos a comprender, y que es una mezcla de magia y casualidad; por ejemplo, a veces pienso que los planetas duermen mientras giran, y mientras duermen, sueñan, entonces, el sol de los venados es el cielo de Marte que llega a nosotros porque la tierra se confundió de sueño, y se arropó con otro cielo. La fotografía no es mía. Punto.
