La tarde terminaba con un sol tratando de multiplicarse entre las gotas de la lluvia. Gotas que no eran gotas Eran más bien lo que en geometría distingue a un punto, de dos, de varios, de si mismo. Estaban tan juntas, tan cercanas, que al caer se estiraban en una recta corta, elástica, empapada, y mojando sin contemplación.
Cuando subí en el pájaro azul, no había comenzado a llover. Eso sí, estaba oscuro desde hacía rato. Sin embargo, ésta es una ciudad dividida en muchos municipios. Con muchos alcaldes, muchos funcionarios. Un rector. Y pareciera que tales divisiones, influyeran en el ahora caótico comportamiento de la lluvia. A veces, da la sensación como dice un profesor por ahí que “En Mérida llueve por municipios”. Y sí, aquí los aguaceros son municipales y burocráticos, y funcionan más o menos con la lógica instituida con se regulan los continuos cortes de aguas.
Pero todo iba bien.
Cercanos a la parroquia Milla, y con el aguacero crecido en furia, el autobús se tornaba más lento. Tenía que lidiar contra la corriente del agua que se escapaba de los desagües, y abrirse paso dentro de un mogote repleto de muchos carros.
¿Señol, me da la cola?, decía una voz aguda que se escondía debajo de un paraguas de winniehpooh, amarillo y rojo, pálido de tanto llevar sol. El conductor, dice sí, asiente con la cabeza. Subió Yusmary (así se llamaba la de la voz insoportable), y con ella subieron otros más. Y subió el ruido, el doloroso ruido. Yo venía pensando (como siempre) en pendejadas irrelevantes, pero pronto no pude escucharme más.
Entre los fenómenos y la gente que subieron con Yusma, subieron 2 bebés. Ambos retoños de ella, supongo. Gritaban con el mismo descontrol genético y la misma agudeza insoportable. “sientate carajito‘el coño, que te voy a reventar el culo a palo si no haces lo que yo digo… Coño!!”, le decía Yusma al más pequeño.
Me faltaba poco para llegar. Pero ahora el tráfico iba más lento.
Para entretenerme y sobrevivir al lugar, me puse a escuchar con atención en el ruido indescifrable que producían Yusmary y sus vástagos, una extraña voz, grosera y maldecidora, que sonaba como la del Comandante Cobra. El dueño de la voz era un niño a la distancia, pero poniéndole atención, era algo que no fue. Un carro que se accidentó a pocos metros de donde salió. Era un hombre atrapado en el cuerpo de un niño. No era un enano. Alguna maldición, o el hambre maldita lo deben haber enjaulado en el compacto vehículo de su anatomía. De pronto pidió silencio, y de su celular empezó a leer un mensaje que le habían enviado con una oración. Y hubo silencio.
Accidentadamente empezó a leer lo que parecía ser una parábola. La luz de la colorida y amplia pantalla LCD le iluminaba tanto la cara, que pude convencerme de que era un hombre atrofiado, y no un niño con una traqueotomía. “Amen” dijeron los de su clica cuando terminó de leer.
Yo miraba por uno de los espejos retrovisores cuando noté que una vieja y latosa camioneta pikup se recostaba demasiado contra el autobús. Sonó un duro estruendo, un ruido industrial y los asientos se sacudieron un poco. Entre eso, el mayor de los niños, que hace rato había decidido jugar a correr entre los tubos y los asientos del pasillo, se resbaló, pero uno de los asientos amortiguó su caída. Igualmente gritó con una arreechera tremenda, y se le destapó una furia que se notaba era muy vieja.
El chofer se bajó. Se dijeron las cosas típicas; que es tu culpa, que es la tuya, aprende a manejar. Esperemos a tránsito, dijo el más sensato. Pero como la lluvia caía más fuerte, los dos conductores se resguardaron en sus vehículos, y por la ventana se gritaban. “Yusmary el niño”, decía una voz que no supe al fin de dónde venía. A ella poco le importó el carajito. Por algún reflejo, no sé exactamente por qué, pero algo hizo que se agarrara el peo del choque para ella, y caminó hasta la última ventana del largo autobús. Sacó la cabeza y el paraguas, y vomitó insulto tras insulto como por unos 10 minutos contra un viejo que sólo gritaba senilmente: “Esto lo sabrá el rector de ULA”. Yusmary no sé si lo escuchaba, seguía gritándole más rabiosa, descontrolada, sin pausas y sin dudas cosas como: “viejomaldito, sapo, coñoetumadre, te voy a reventar (como antes le ofreció al niño) la cabeza a palos con este paragua, marico, viejo desgraciado, perrosucio, maldito, marico, guevon, sapo, sapo, cagao, vente paque veas como te doy unos coñazos[…]”.
Esas frases las repetió varias veces. También dijo otras cosas que no logré memorizar, y supongo que el viejo a la final se intimidó con la violencia que poseía el cuerpo de esa mujer que escasamente llegaba al metro y medio de tamaño, y a unos 50 kilogramos de peso. La camioneta arrancó apuradamente y se fue, y el autobús hizo lo mismo.
Sin embargo, una Yusmary contenta y victoriosa, gritaba de alegría con un cierto tono de locura: Gané!, Gané otra vez.