Japón a lo lejos: La peor película venezolana que he visto
“Entre bomberos no se pisan la manguera”, debe ser la única razón por la cual la reseña que hace la Radio Nacional de Venezuela (RNV) sobre la reciente película “Japón a lo lejos” del director Freddy Siso, termine siendo tan fresa y simpática cuando en la realidad, más allá de las filiaciones partidistas, el decoro, Chávez, las buenas costumbres o cualquier ápice del ciego apoyo nacionalista, están opinando sobre lo que quizá es una de las peores películas venezolanas de todos los tiempos.
Una línea que particularmente me sorprendió en el texto, es la que encabeza el último párrafo diciendo: “Japón a lo lejos es una nueva producción del pujante cine merideño…” Indudablemente, esta oración se presta a varias lecturas. Por ejemplo: el cine merideño es pujante porque siendo ésta una ciudad tan pequeña, se hace cine con cierta constancia y regularidad. Una reflexión optimista, ciertamente lo es, ¿pero es cierta? No sé, quizá sea el verbo pujar en el medio de la línea lo que me perturba, y a la vez me da la sensación de que más allá del color de la reseña, en este caso, pujante significa que el cine merideño tiene ya un buen rato estítico, padeciendo de una crisis intestinal en el baño de las buenas ideas, pero sudando la gota y pujando con bríos, logra parir cada cierto tiempo enormes soretes audiovisuales de más de 2 horas como el reciente “Japón a lo lejos”.
Yendo al grano hay que decir que Japón a lo lejos es cine para cineastas. Es decir, una película conceptual. ¿Qué ironía no? En este país aún no logramos hacer películas solventes, relativamente buenas y que entretengan, pero nos damos el lujo de naufragar constantemente en los mares de la teoría audiovisual, las formas narrativas complejas, el surrealismo y la locura. Y ciertamente locura es lo que sobra dentro de este film. Y también sobra la estupidez de su personaje principal (el loco). Sobran además, el mal gusto y la falta de edición (única razón por la que la película supera los 20 minutos) pero, sobre todo, sobra la improvisación con la que el director resuelve los largos y reiterativos tramos oníricos por los que va transcurriendo ¿la trama?. Una trama tan pequeña que fácilmente cabría por el ojo de una aguja, y a su vez tan simple que, contada sin tantos obstáculos, hasta Paris Hilton la entendería sin problemas.
