El peculiar affair de un gringo cuarentón por el extinto “Club de los tigritos”
Por los días en los que Don Houck se erigió como el mayor fanático de “El club de los tigritos” -medioevo de los noventas-; digo mayor, tanto por su edad –de corrido superaba los 40-, como por su comprobada dedicación, en Venezuela, palabras como Etheron, Compuserv, email personal, y la misma internet, eran burguesmente ajenas para muchos de nosotros. En mi caso, por ejemplo, debo confesar que vi mi primera cuquita en la web, más o menos cuando cursaba tercer año de bachillerato.
… Y todavía la recuerdo.
Digo entonces que hasta bien entrados los noventas y puede que más allá del fatídico año 98, internet aún era un bien casi exclusivo de la burguesía criolla, y por demás, un servicio muy circunscrito a los estados urbanos del país.
También por aquellos mismos años, los efectos del escándalo de neverland se veían como vaina lejana de los gringos, y el LSD que los colombianos se dedicaban a camuflar usando cualquier clase de artilugios para regalárselo a los niños, continuaba siendo el gran antihéroe de las madres criollas. Hoy la paranoia por la pedofilia terminó por invadir los ejidos que a punta de rumores, inventos, y programas de televisión, legalmente eran por herencia, propiedad privada de la familia de los lisérgicos –y eso que Venezuela le dijo NO a la reforma-.
Pero volviendo al cause de este tema, quizá sólo estas peculiares -por no decir agradables- circunstancias fueron la gran coyuntura histórica que hicieran posible que Don Houck construyera dentro de la legalidad, la moral y las buenas costumbres, un pequeño altar dedicado al programa infantil más sexy de la televisión venezolana; de cuyo semillero saldrían a la postre, al menos hasta ahora, un sinfín de de portadas y páginas internas de la revista Urbe Bikini.

Tanto así, que para la época a nadie le pareció “raro” ni pernicioso que un gringo vejucón y paliducho, con nombre de actor porno de poca monta, con más frente que cabellos, de atuendo algo mamero, y con unos lentes que nada bueno pueden tener, fuera, nada más por decir lo mínimo, el groupie de un programa infantil que tenía rasgos hasta medio mongoloides en su naturaleza. Un programa en el que la mayoría de su elenco lo integraban niñas proto-menstruantes conocidas de cariño como “las tigritas”.
Y es que como nadie sabía cabalmente como era eso del internez, comenzando que ni siquiera había acuerdo en el género de la palabra: para una escuela era en masculino: el internet, para la otra, la internet era femenina, verbo y gracia de ésto, probablemente Don tuvo el salvoconducto de, a través de la figura del webmaster, compartir de cerca “sanamente” –no pretendo decir que haya pasado nada, ni que el tema dé para otro escándalo tipo menudo, además, los noventas están muy lejos- con todas las tigritas, contando por si fuera poco, con la venia de toda la producción, cosa que me permite especular que Don tuvo trato VIP dentro de los espacios del club, mientras se tomaba fotos y fotos con sus tigritas. Y digo lo del trato porque en la parte de los agradecimientos le da las gracias hasta a los camarógrafos. Traten de hacer ésto hoy: vayan a un McDonalds y pónganse a tomarle fotos a los niños en las jaulas esas donde los meten a jugar, para que vean como lo primero que ganarán será un carterazo por el lente. Hoy es Hoy, y el ayer es otra cosa. Como han cambiado los tiempos.

Pero es que siendo justos: a ciencia cierta ¿Qué malo puede tener que un viejo ande admirando carajitas por su arte de bailar, de cantar, de actuar, etc? ¿Es que acaso no existe la remota posibilidad de que Don admirara diafanamente “el arte” de las tigritas? ¿El sueño de un fanático no es tomarse fotos con los sujetos de su admiración, así sean niñas con permiso para tongonearse más de la cuenta?

(A la derecha ¿será Don Houck quien le enseña el pajarito a la niñita?’)Yo de verdad quiero pensar que Don era un buen tipo, y no un mañoso gozando de lo lindo y con autorización, pero la espiteme de hoy es una vaina arrecha, y aunque la historia contemporánea lo niegue, OJ mató a su esposa, Rosales ganó las elecciones, y Michael Jackson sí se chingó a su pobre angelito.
No obstante, como dije, eran otras épocas. Pero gracias a la impavidez de aquellos días, hoy el pequeño altar de Don, se mantiene intacto y “on-line”. Y la distancia del tiempo nos da el chance de especular que si el buen tipo de Don, después de todo lo que ha pasado, y más con lo que el internet ha servido para compartirnos nuestras más oscuras pasiones, se pusiera a querer andar de groupie de otro programa de TV infantil, quizá su suerte fuera diametralmente distinta, así él tuviera las mejores intenciones.
